Después de un año de que las movilizaciones que permitieron la caída de tres líderes autoritarios en África; hoy, el futuro de esas naciones es incierto, ante la falta de verdaderos líderes que ayuden a la construcción de una democracia.
Primero fue Túnez. Después Egipto. Le siguieron Yemen, Jordania, Bahréin y Marruecos. Libia se encontraba ante una guerra civil sangrienta. Uno a uno los países involucrados en la llamada Primavera Árabe se fueron sumando a un fenómeno social que tenía como estandarte el alto a la represión y el autoritarismo.
La opinión internacional hablaba del “despertar del mundo árabe”, de una revolución ideológica que marcaba un precedente en la historia contemporánea del ser humano. “Estamos ante una reorganización del orden mundial que tendrá consecuencias directas en Occidente”, fue el diagnóstico inicial del presidente de Estados Unidos Barack Obama en los albores de la gestación de este movimiento regional.
Cayeron tres dictadores, Zine El Abidine Ben Alí en Túnez, Hosni Mubarak en Egipto y apenas hace unos días se dio a conocer la captura y posterior ejecución de Muammar Gaddafi en Libia; en Yemen se instauró un nuevo gobierno, Bahréin se encuentra ante una pugna interna en donde se busca una verdadera instauración de la democracia, en Jordania los palestinos, a pesar de que son el grupo poblacional más amplio, no cuentan con el derecho a la vida política.
Desaparece el orden en el caos
Hoy, a poco más de un año de las primeras movilizaciones registradas en Túnez para derrocar a su otrora líder Ben Alí, la euforia inicial parece haber perdido fuerza. La primavera árabe tiende a desinflarse, los ideales que llevaron a las calles a millones de personas se diluye entre la responsabilidad de tomar decisiones y la carencia de líderes reales que puedan construir el proceso de transición de dichos países a modelos democráticos.
Tal parece que la Primavera Árabe quizá no haya sido tan primaveral como se avizoraba, la crisis persiste y en muchos casos se agrava. Ya no existe, como en el pasado, “orden en el caos”.
Aún no se han instaurado democracias estables respetuosas con los derechos humanos. Ninguno de los tres dictadores derrocados ha sido sustituido todavía por un cargo electo.
Se presume que un fracaso en esta transición de poder mantendría al mundo árabe en su estado actual de periferia dominada, que le impediría erigirse en agente activo de la configuración del mundo, es decir, como si nada hubiera pasado y los miles de muertos hubieran servido de muy poco.
Para Fernando Díaz Villanueva, historiador y periodista español, quien se desempeña como subdirector de contenidos de Libertad Digital Televisión en Madrid, la inestabilidad es una constante en este tipo de revoluciones callejeras: siempre se sabe cómo empiezan, pero nunca cómo terminan.
El historiador español señaló que la Revolución Francesa es un buen ejemplo de esta inestabilidad, “los paladines de este movimiento aspiraban a abolir el absolutismo monárquico, y desembocó en una tiranía mucho peor, la del Terror jacobino. Algo parecido sucedió con la Revolución Rusa, plagada de excesos que acabaron dejando en muy buen lugar el despotismo zarista. Es algo tan previsible que, a estas alturas de la Historia, no debería sorprender a nadie”.
Díaz Villanueva manifestó que vista la Primavera Árabe como un proceso de involución, las revueltas populares que se han producido en los países árabes durante este año que termina deberían estar obrando justo lo contrario de lo que se proponían sus inspiradores.
“Y así está siendo. En ninguno de los países que han sufrido la convulsión revolucionaria la democracia campa por sus respetos, se sigue esperando a la sociedad abierta y, en el mejor de los casos, todo lo más que han conseguido es cambiar de amo. No es demasiado botín para tanto jaleo”.
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