domingo, 13 de noviembre de 2011

Oro negro desata pasiones en occidente

Una expresión común indica que Occidente ama el petróleo árabe tanto como la estabilidad de las naciones productoras de hidrocarburos; el desempeño de la OTAN en el contexto de la primavera árabe da la razón a esta sentencia

Por Jorge Cisneros M. y Sandra Tapia


En una reunión celebrada el 1 de junio pasado en Bruselas, el secretario general de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), Anders Fogh Rasmussen, con toda nitidez dijo la razón por la que los antiguos aliados de Muammar Gaddafi le habían volteado la espalda y ahora encabezaban los ataques militares contra el excéntrico coronel.


El contagio por el cambio de régimen en Túnez y Egipto, ocurridos en los dos primeros meses del año llegó a Libia pero las demandas de apertura democrática se encontraron con la intolerancia de Gaddafi, quien llamó “perros”, “drogadictos” y “manipulados” a sus opositores, y optó por usar la fuerza.


Los enfrentamientos, represión indiscriminada, contratación de mercenarios y agitación que enfrentó el país, productor de un millón 600 mil barriles diarios de petróleo, llevó a sus antiguos socios a considerar que su amigo iba en camino de dejar de serlo.


“¿Qué tan seguros podemos estar cuando una crisis irrumpe en el umbral de nuestra casa? A lo largo de la historia el destino del norte de África y el de Europa están ligados, lo están nuestros pueblos, nuestras economías, y también nuestra seguridad.
Enfrentamos los mismos retos, el terrorismo, la proliferación de armas de destrucción masiva, la interrupción potencial de nuestros suministros de energía”.


En esas tres palabras, pronunciadas en un evento del Centro Carnegie para el Medio Oriente, un think thank sostenido por el Fondo Carnegie para la Paz Mundial, el diplomático danés dijo claramente por qué personajes como Nicolás Sarkozy, Silvio Berlusconi, Barack Obama y David Cameron, decidieron lanzar un ataque conjunto contra las fuerzas de Gaddafi.


Por supuesto, Fogh Rasmussen esgrimió un motivo humanitario como explicación a la acción inmediata, aunque apenas mencionó tímidamente la cara más impresentable del hombre que gobernó Libia durante 40 años como si se tratara de su hacienda.


“Durante mucho tiempo, en la región del Medio Oriente no se pudieron conjuntar dos factores: estabilidad y democracia. Pero los hombres y mujeres de la región enviaron el mensaje de que deseaban ambos e hicieron saber que la estabilidad a costa de sus anhelos no es una estabilidad real. Trágicamente, algunos gobiernos respondieron a esos llamados con represión no con reformas”.


Para el danés, la Primavera Árabe puede resumirse en las demandas de una generación más joven que pide mejores condiciones de vida. “Por muchos años estos jóvenes escucharon acerca del crecimiento económico pero no sintieron los beneficios. Vieron la riqueza pero nadie la compartió con ellos”.
La respuesta del líder libio, Muammar Gaddafi, quien en sus giras por Italia se hacía acompañar de una guardia de 40 mujeres y gozaba la total simpatía del primer ministro Berlusconi, a estas peticiones fue un ataque sistemático y brutal a su propio pueblo, por los países integrantes de la OTAN impulsaron la resolución 1973 en el Consejo de Seguridad de la ONU.


Ésta les autoriza a usar todas las medidas necesarias para proteger a los civiles que eran acosados por las fuerzas del régimen familiar; la OTAN se hizo cargo de todas las operaciones militares en Libia desde el apoyo a los insurgentes en marzo, cuando se estableció una zona de exclusión para impedir los vuelos de aviones militares excepto los de la propia Alianza, hasta el bombardeo al convoy en que viajaba Gaddafi, en octubre pasado, que detonó la captura y posterior asesinato del ex gobernante.


Una primavera vigilada


En su exposición y posteriores oportunidades, Fogh Rasmussen evitó profundizar en el vaivén que caracterizó las relaciones entre el líder libio y los países industrializados. Acusado de promover y armar a grupos terroristas, como el que detonó una bomba en un avión de Panam en 1988, causando la muerte de 270 personas, se convirtió en enemigo de Occidente y sufrió la ira de Ronald Reagan, quien ordenó bombardear la capital Libia, Trípoli, y causó la muerte de una hija adoptiva de Gaddafi.


Varios años después, el coronel abogó por Abdelbaset al-Megrahi, condenado a prisión perpetua en Inglaterra por su responsabilidad en el atentando, y obtuvo la clemencia del primer ministro inglés, el laborista Gordon Brown. No es aventurado considerar que en la balanza pesó más el poderoso suministro de petróleo a precio competitivo que Libia puede aportar a un mundo en recesión económica, que la justicia a las víctimas de un agravio antiguo.


Fogh Rasmussen expresó sus simpatías por la primavera árabe que provocó la caída de gobiernos autoritarios y corruptos en Túnez, Egipto y, posteriormente, Libia. “Queremos que la primavera árabe florezca y que la región sea libre, democrática, moderna y estable” pero ese resplandor podría convertirse en un crudo invierno si no se hubiera actuado contra Gaddafi, aseguró Brow.


¿Ese deseo de florecimiento se extenderá, digamos, hasta Siria, cuyo gobernante, Bachar el-Assad ha lanzado al ejército contra los ciudadanos? Difícilmente. El propio diplomático lo señaló en un artículo escrito en el New York Times, donde eludió graciosamente ese cuestionamiento diciendo que la OTAN actuó en Libia porque contaban con el mandato del Consejo de Seguridad… y nadie pidió aplicarlo en otro país, sin importar las similitudes.




Video relacionado: http://carnegie-mec.org/events/?fa=3260


Discurso íntegro en: http://www.nato.int/cps/en/natolive/opinions_74993.htm

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